¿Cuáles son los signos y los síntomas?
Los principales síntomas del síndrome de Gilles de la Tourette son los tics. Los síntomas motores pueden abarcar diversas conductas, desde parpadear excesivamente o hacer muecas faciales hasta dar patadas y sacudir la cabeza. Algunos ejemplos de tics vocales son carraspear, emitir chasquidos, aspirar aire repetidamente por la nariz, aullar, gruñir o gritar. En casos excepcionales, las personas afectadas por el síndrome de Gilles de la Tourette tienen tics que implican autolesionarse, como golpear la cabeza contra objetos duros.
En determinados momentos, como cuando la persona se encuentra bajo estrés, los tics pueden agravarse, ser más frecuentes o durar más tiempo. O es posible que el tipo de tic cambie completamente. (Esto también les ocurre a las personas que tienen tics sin padecer el síndrome de Gilles de la Tourette.)
Algunas personas son capaces de suprimir sus tics durante breves períodos de tiempo. Pero la tensión aumenta y, a la larga, se libera en forma tic. Y, si la persona está muy concentrada en controlar el tic, le costará mucho focalizarse en cualquier otra cosa. Esto puede determinar que un adolescente con síndrome de Gilles de la Tourette tenga dificultades para mantener una conversación o para prestar atención en clase.
Además, muchos adolescentes con síndrome de Gilles de la Tourette padecen otras afecciones, como el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) o el trastorno obsesivo compulsivo (TOC). Los problemas de aprendizaje son frecuentes en las personas con síndrome de Gilles de la Tourette. Éstas también pueden presentar problemas relacionados con el sueño.
¿Qué hacen los médicos?
Algunos médicos de familia derivan a sus pacientes con síntomas del síndrome de Gilles de la Tourette a un neurólogo (un médico especializado en los problemas del sistema nervioso). Para que una persona reciba este diagnóstico, deberá tener múltiples tics motores y por lo menos un tic vocal en algún momento durante la enfermedad (aunque no necesariamente en el mismo momento). Para que un médico pueda diagnosticar el síndrome de Gilles de la Tourette a un paciente, este no debería tener ningún período de más de tres meses de duración sin tics, a pesar de que los tics pueden ser intermitentes (ir y venir) y no ocurrir diariamente. Es posible que el neurólogo pida al paciente que lleve un registro de la frecuencia y tipos de tics que presenta.
No hay ninguna prueba o test específico que permita detectar el síndrome de Gilles de la Tourette. En lugar ello, el médico se centrará en los antecedentes médicos familiares, los síntomas que presenta la persona y otros indicios para hacer el diagnóstico. A veces, los médicos acuden a pruebas de diagnóstico por imagenes, como la resonancia magnética (RM) y la tomografía computarizada (TC), el electroencefalograma (EEG) o los análisis de sangre para descartar otros trastornos que se asocian a síntomas similares a los del síndrome de Gilles de la Tourette.
Del mismo modo que éste síndrome varía de una persona a otra, su tratamiento también presenta variaciones. El síndrome de Gilles de la Tourette no tiene cura y no hay ningún medicamento que pueda controlar completamente la enfermedad, aunque existen algunos fármacos que pueden ayudar a controlar los tics si éstos son lo bastante graves como para interferir con la vida de la persona.
El síndrome de Gilles de la Tourette no es una afección psicológica, pero los médicos a veces remiten a sus pacientes adolescentes afectados por este síndrome a psicólogos o psiquiatras. El hecho de hacer terapia no permite detener los tics. Pero un terapeuta puede ayudar a las personas con síndrome de Gilles de la Tourette a encarar lo que les ocurre, afrontar mejor el estrés y aprender técnicas de relajación.
Algunas investigaciones sugieren que puede haber una relación entre la faringoamigdalitis estreptocócica y el síndrome de Gilles de la Tourette, pero es algo que debe estudiarse en mayor profundidad.