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Ansiedad: la historia de Raquel

(Anxiety: Rachel's Story)

Cuando observas a tus amigos y compañeros de clase, es posible que veas al alto y larguirucho empollón que siempre saca sobresalientes, al simpático repetidor que siempre está con la sonrisa en la boca o a ese compañero de clase que parece tenerlo todo bajo control. A veces eso es todo cuanto te dejarán saber sobre ellos.

Y es una lástima.

Hay una frase que probablemente habrás oído antes: "Nadie es perfecto", tan utilizada como cierta. En un mundo donde la gente puede parecer perfecta, o por lo menos, normal y que tiene las cosas bajo control, a menudo uno se ve como si fuera anormal o no lo bastante bueno. Pero, independientemente de que lo demuestre o no, todo el mundo tiene problemas de uno u otro tipo.

Los primeros signos

Era la primavera de mi tercer curso de secundaria, un período particularmente estresante para muchos estudiantes. Tenía deberes y trabajos escolares que hacer, exámenes de nivel avanzado (Advanced Placement o AP) que estudiar, entrenamiento nocturno de fútbol y ensayos de mi banda para el musical de fin de curso. En pocas palabras: estaba sobrecargada de trabajo y actividades.

Una noche, mientras llevábamos a cabo el ensayo final para la función de fin de curso, empecé a pensar en mi novio. Llevábamos saliendo desde el principio del curso escolar y, puesto que era mi primer novio, yo apenas tenía experiencia en el tema de las relaciones amorosas. Mientras permanecía sentada en el ensayo general de aquella noche, no dejaban de bombardearme pensamientos sobre nuestra relación. ¿Hacia donde iba? ¿Se trataba de una relación adecuada y sana? ¿En qué se basaba realmente?

Aunque estas sean unas preguntas normales que todo adolescente se puede formular, mis reacciones ante ellas me superaban tanto desde el punto de vista mental como corporal. No podía concentrarme en tocar y empecé a respirar de forma rápida y entrecortada, convencida de que mi novio me daría la patada y a mí se me derrumbaría el mundo. No dejaba de imaginar los peores resultados posibles hasta que, al final, no pude seguir allí sentada. Tuve que salir de la sala, correr hacia el lavabo y empecé a tener arcadas cuando llegué a uno de los retretes.

Tocar fondo

Después de aquella noche, las cosas empezaron a empeorar de forma exponencial. Falté a clase los tres días siguientes y le dije a mi madre que estaba demasiado enferma para ir al instituto. Y, aunque era verdad: no conseguía retener ningún alimento en el estómago, yo sabía que obedecía más a mis miedos y temores que a cualquier enfermedad física.

Durante aquellos días permanecí todo el rato en la cama sin dejar de preocuparme. Intenté reflexionar sobre qué era lo que más me preocupaba y decidí que una relación que me preocupaba tanto no podía ser positiva para mí. Corté con mi novio, convencida de que eso me ayudaría, pero, de todos modos, persistió la preocupación. Supuse que algo iba mal en mi vida y que tal vez estaba demasiado estresada. Dejé el equipo de fútbol con la esperanza de que eso mejorara las cosas.

Pero no lo hizo, y todavía me encontré peor. También había más cosas que me preocupaban: ¿Qué pensaría mi novio sobre mí? ¿Me odiaría? Era imposible que quisiera volver a salir con una persona que estaba tan confundida y liada como yo. ¿Pensaría mi entrenador de fútbol que yo no era más que una "rajada", es decir, una persona que se rinde con facilidad? ¿Lo era realmente?

Empecé a darme cuenta de que me distraía con facilidad del trabajo. En clase, estaba constantemente en las nubes, pensando en mis amigos y mi vida y preguntarme si era o no una persona normal. La clase de psicología me resultaba especialmente difícil. Estaba segura de que, cuando empezáramos a dar nuevo material, la gente se daría cuenta de que yo era una persona rara o incluso que tenía problemas mentales. ¿Obedecía todo cuanto estaba experimentando a una esquizofrenia? Estaba convencida de que acabaría en una institución para enfermos mentales, loca, sola y olvidada por todo el mundo.

Durante las siguientes semanas las cosas mejoraron, solo para volver a empeorar durante las vacaciones de verano. Se me aceleraba el corazón y estaba tan inquieta y preocupada que no podía quedarme quieta. Y en los peores momentos estaba tan nerviosa y preocupada que todo cuanto ingería lo acababa vomitando.

Mis padres se empezaron a preocupar porque pudiera padecer anorexia nerviosa, lo que me hizo sentirme todavía menos comprendida. Yo quería comer, quería acabármelo todo y sentirme sana, pero mi cuerpo no me dejaba. "Basta con que dejes de preocuparte -me decían mis padres-. No lo intentas lo suficiente. Si te esforzaras más, conseguirías acabar con esto."

Pero me había esforzado mucho; ¿acaso creían que me gustaba estar así? Aquella no era yo en absoluto. Yo sabía que era una persona alegre, divertida y animada, aunque no despreocupada. En aquel momento solo hacía que llorar e inquietarme por todo, perder peso sin cesar y aislarme de mis amigos, quienes no entendían que me ocurría. Al final, mis padres se dieron cuenta de que había algo que iba mal en mí y que tenían que intervenir. De modo que, por primera vez en mi vida, acabé yendo a un psicólogo.

Supliqué a mis padres que no me llevaran al psicólogo y, como no aceptaron mi propuesta, les grité por obligarme a ir al psicólogo en contra de mi voluntad. Cuando llegamos a su consulta, estaba preparada para odiar al psicólogo y demostrar a mis padres lo absurda que era aquella consulta.

Y entonces conocí a mi psicólogo y comprobé que no era tan malo. Estaba allí para ayudarme; no para "chivarse" a mis padres, para ingresarme en una institución psiquiátrica ni para obligarme a hacer nada, solo para hablar.

Y hablamos. A lo largo de los meses siguientes me dijo que tenía un trastorno de ansiedad generalizada (TAG) y luego trabajamos una serie de técnicas para ayudarme a superar mis temores y preocupaciones, como la técnica de la respiración profunda, no precipitarme a conclusiones catastróficas y pensar de forma racional. Pero, por mucho que intentaba luchar contra el trastorno, no lograba romper con el hábito de preocuparme. Mi psicólogo me sugirió que fuera a un psiquiatra, quien podría recetarme medicación para mejorar. A pesar que, cuando nos vimos por primera vez, yo era completamente reacia a medicarme, necesitaba tanto volver a ser yo misma que estuve de acuerdo con su propuesta.

Empezar de nuevo

El psiquiatra me recetó un ansiolítico que está aprobado para la población adolescente y yo lo empecé a tomar. Seguí asistiendo a sesiones de terapia con mi psicólogo. Y, poco a poco, a lo largo de las próximas semanas la insoportable ansiedad se hizo mucho más manejable. No hay nadie que tenga una vida completamente libre de preocupaciones, pero a partir de entonces lo que me preocupaba o inquietaba eran cosas reales y que no controlaban mi vida. Mis padres me tuvieron de vuelta, mis amigos se reencontraron conmigo y, lo más importante, yo me reencontré conmigo misma. Volvía a ser yo otra vez.

De modo que yo no soy perfecta ni nunca he pretendido serlo, pero tampoco estoy loca. Cada año, en torno a 40 millones de adultos estadounidenses tienen un trastorno de ansiedad, ¡sin contar a las personas menores de 18 años o aquellas que hayan tenido este tipo de trastornos previamente! El hecho de saber esto me ayuda a sentirme mucho menos sola que antes; sé que hay otra gente que va a atravesar lo mismo por lo que he pasado yo.

Afrontar la ansiedad ha sido uno de los mayores retos de mi vida, pero me siento una persona mejor, más fuerte y más segura de mí misma por todo lo que he pasado. He aprendido que vivir una vida dominada por el miedo no es vivir en absoluto y que, aunque pueden surgir más obstáculos de los deseables, no hay problema alguno que yo no pueda afrontar. He aprendido a asumir algunos riesgos y a afrontar los retos de frente. La recompensa de intentarlo, independientemente de que acabe o no teniendo éxito, siempre es mejor que permitir que las preocupaciones dominen mi vida o que preguntarme qué habría ocurrido si hubiera tenido la valentía de intentarlo.

Revisado por: D'Arcy Lyness, PhD
Fecha de revisión: octubre de 2013